Dictadura vs democracia en Venezuela o una guerra civil del siglo XXI

¿Existen concesiones que pueda hacerle el gobierno de Maduro a la oposición que no impliquen la muerte del modelo socialista, la implosión de la dictadura neototalitaria y el fin de Maduro como presidente y sumo sacerdote guardián del legado de Chávez?

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De repente, y aceleradamente, la confrontación política venezolana va tomando las características de una guerra civil, por más que, hasta ahora, solo luzca como la ortodoxa y masiva represión de un gobierno dictatorial contra sus disidentes, pero sin que, de parte de éstos, se sienta otra respuesta que la de una oposición que resiste, pero sin dejar ver aun si su propósito es derrocar al gobierno de Maduro y recurriendo a acciones o formas de lucha más organizadas, agresivas y violentas.

Sin embargo, en las calles de Caracas y de toda Venezuela, ha aparecido un  fenómeno nuevo: los manifestantes se presentan a las calles con la idea de plantarse frente a sus agresores, desafiarlos y asumir la pérdida en vidas humanas frente una ofensiva oficialista que, a pesar de mantenerse firme, está pagando unos costos políticos altísimos que ya se cobran internacionalmente y pronto serán reclamados y cancelados por todo el país.

En otras palabras que, si se tratara de una guerra civil (que es lo que pensamos está sucediendo en Venezuela) la dictadura de Maduro empieza perdiéndola catastrófica e inapelablemente y detenerla, no solo sería imprescindible para su continuidad, sino para su sobrevivencia.

Por eso, algún tipo de “gesto” (el sustantivo le gusta mucho a mi admirado y estimado amigo, Américo Martín y en su honor lo tecleo) tendría que esperarse de  Miraflores o de Fuerte Tiuna, uno que esté más allá del archidesacreditado   llamado al diálogo y que, pienso, no puede ser otro que la convocatoria a unas elecciones regionales o generales, la libertad de todos los presos políticos y soluciones para la crisis humanitaria que nos tiene al borde de la hambruna.

El problema es que, llegado al párrafo de pronosticar si tales iniciativas pueden ser posibles y las veremos en los próximos días o semanas siendo objeto de análisis y estudios que darían inicio a una inmediata negociación, no me queda sino formularme las dos preguntas clave de este trabajo:

¿Existen concesiones que pueda hacerle el gobierno de Maduro a la oposición que no impliquen la muerte del modelo socialista, la implosión de la dictadura neototalitaria y el fin de Maduro como presidente y sumo sacerdote guardián del legado de Chávez?

Y viceversa: ¿Hay concesiones que puede hacerle la oposición al Gobierno que no conlleven el colapso de la esperanza de que el país vuelva a recobrar la libertad y la democracia y se resigne a ser una oposición tolerada en una dictadura neototalitaria que podría extenderse por décadas impredecibles y ferozmente destructoras?

Respondo de una vez: No, no existen concesiones para que uno de los dos polos se imponga al otro, evitando, es cierto, una guerra civil, pero sin que sea posible que un Maduro que acceda a ir a unas elecciones regionales para elegir gobernadores y alcaldes, a las generales para renovar todos los poderes o las presidenciales del 2018, no sea literalmente barrido de Miraflores, y de la forma que un marxista y revolucionario está en menos condiciones de aceptar: por el voto popular que multitudinaria y pacíficamente le diga que al país se le agotó la paciencia, y lo manda a él y a su modelo, a la cripta o tumba de donde nunca debieron regresar.

Pero si nos enfocáramos a extraer con pinzas del universo opositor las concesiones que apaciguarían al madurismo y que no serían otras que renunciar a las actuales elecciones, u optar por otras en las cuales gobernaciones y alcaldías resultarían repartidas entre las partes para conservar cierto equilibrio y evitar la guerra, también concluimos que serían inadmisibles para la oposición que no va a transigir en entregarle el país a los socialistas por una paz que nunca llegaría o jamás sería tal.

Por tanto, debo continuar dando por seguro que la confrontación oposición-gobierno seguirá la escalada, que quizá se alargue más allá de lo deseable y que sus costos para el país, sumados a los que ya han generado 18 años de demolición chavista, se eleven hasta cifras inimaginables.

Pero ¿cómo que una “guerra civil” -seguro que van atajarme politólogos, analistas e historiadores si bajan de sus nubes a leer estas líneas-, si lo que estamos viendo son unos cuerpos policiales y paramilitares reprimiendo manifestantes, con un saldo de muertos y heridos lamentable sí, pero que nunca alcanza al desproporcionado de un conflicto intestino, un clima político donde existen partidos políticos opositores y una Asamblea Nacional que funciona, aunque sea formalmente y líderes partidistas que presiden manifestaciones y las llevan a enfrentar a la fuerza pública?

Les contestaría que hablamos de una guerra civil que se ha desarrollado por partes, a plazos, tal puede esperarse de un sistema político híbrido como el instrumentado por Chávez desde que asumió el poder en 1999, y en el cual, la normas y espacios dictatoriales han coexistido con los democráticos, pero manejadas por el Poder Ejecutivo a su antojo y, según las conveniencias, soltándolas cuando eran necesarias para transmitirle a la oposición la ilusión de que vivía en democracia, y recogiéndolas, cuando lo indicado era restringirla y someterla implacablemente.

Es lo que también se ha llamado la “dictadura electoralista”, porque, legitimada a través del voto debido a que no pudo imponerse por la violencia, desde el Poder Ejecutivo, creó una parafernalia electoral que, controlada por la tecnología de punta que les vendió la empresa especializada Smartmatic, y un tinglado clientelar que les suministraba votos entre los pobres como monte, pues creó la “Gran Estafa” de los siglos XX y XXI, como fue intentar resucitar el socialismo stalinista, pero con votos.

Lo cual no quiere decir que “lo electoral” inhibía “lo dictatorial”, pues, siempre hubo represión en estos 18 años en Venezuela, violaciones de los derechos humanos, cárceles que fueron poblándose más y más  de presos políticos,  y captación, entrenamiento y dotación de criminales para emplearlos en cuanto hicieran falta contra los opositores.

Exigencias que, llegaron a su expresión mayor, cuando, la oposición democrática ganó por mayoría absoluta la Asamblea Nacional en las elecciones parlamentarias del 6D y, durante el 2016 y lo que va del 2017, estructuró una estrategia para validar una realidad que ha determinado el fin del socialismo, el castrochavismo y el madurismo en Venezuela:

El sistema híbrido de dictadura electoralista que se agotó, luego que  la caída de los precios del petróleo,  la corrupción y la improductividad ínsitas al socialismo, hicieron incosteable el financiamiento de la política clientelar, y los votos empezaron a ser los de millones de personas hambrientas, enfermas y acosadas por el hampa política y común, decididas a sacudirse las mentiras marxistas y revolucionarias, y apostar por un regreso a la democracia que les creaba la posibilidad de escapar de aquel horror y optar por una expectativa de vida, al menos, creible y posible.

Y ese es exactamente el origen, las causas y razones de lo que ocurre en este momento en Venezuela: el inicio de la fase más dura de lo que no dudo en llamar una guerra civil, cuya característica trazo como las de una fuerzas armadas policiales, militares y paramilitares que enfrentan a cientos de miles o millones de personas que las esperan desarmadas para arrollarlas por el número, la valentía y la convicción de que, vale la pena dar la vida para conquistar la libertad y la democracia.

Confrontación que se suscita frente a una comunidad internacional que no es más la neutral o manipulada por los superpoderes  para apoyar a uno de los bandos ideológicos de la “Guerra Fría”, sino a los que luchan por el respeto a las constituciones, el estado de derecho y la inviolabilidad de los derechos humanos.

Y cuya fuerza, sorprendentemente,  no está en las armas, ni en su capacidad para matar, atropellar, torturar, ni encarcelar, sino en decir y demostrar que lucha inerme por la paz, y porque el hombre, estrictamente por ser hombre, puede imponerse con la sola voluntad de afirmar su condición de ser humano.

Contando con la solidaridad de otros hombres que, en este caso, está constituida por multilaterales como la OEA, el Mercosur, la ONU y la UE que no le van a fallar a los demócratas venezolanos e irán tomando, paso a paso, las decisiones necesarias para que su lucha no sea en vano.

Es un factor que tiene que tomar en cuenta, y toma en cuenta, Maduro, puesto que, recurrir al recurso de las matanzas masivas, la limpieza étnica y las expulsiones en masa, generaría consecuencias que ya vivieron los halcones de las Guerras Balcánicas, del África subSahariana y Transcaucásicas.

Guerra Civil del siglo XXI, que opongo a las tradicionales que, certeramente,  fueron estudiadas por el historiador Ernest Nolte en su clásico “La guerra civil europea, 1917-1945” (Fondo de Cultura Económica. 1994), que en muchos sentidos ha inspirado este artículo, pero en la dirección de aproximarme a fenómenos que de otra manera no encontrarían explicación.

Venezuela,  la libertad y la democracia vencerán, pero no por el poder de ejércitos armados, sino de hombres y mujeres para quienes vivir sin libertad es morir en el peor de los campos de batalla: el de la inacción.

Cortesía es.panampost.com